Cuando
se tienen 14 años, 6 meses de scout y se es un patrullero de
la mejor Patrulla, la Aguilas del Grupo 2, de la Parroquia de San Cristóbal,
barrio bravo de la Ciudad de Mérida, no hay hazaña imposible
ni enemigo invencible. Por eso, cuando Wilbert, nuestro Jefe de Tropa,
nos anunció una próxima excursión a las grutas
de Loltún (en maya, Flor de Piedra), la desbordada imaginación
de los Aguiluchos comenzó a funcionar a ritmo vertiginoso para
maquinar una audaz hazaña digna de ser contada en las fogatas
de campamento del Grupo durante los siguientes 50 años, ...........por
lo menos. (Por cierto, el Grupo 2 de San Cristóbal cumplió
50 años de vida continua el 29 de Junio del `97. Cuando ocurrieron
los hechos aquí narrados era un grupo nuevecito, de apenas 2
años y medio de fundado). El plan de la Tropa era muy sencillo
: salir el sábado por la mañana, por autobús, hacia
Oxkutzcab, ciudad cabecera del municipio, situada al pie de la somera
serranía que cruza el Estado de Yucatán, de Oriente a
Poniente, a unos 60 kilómetros al Sur de Mérida. Allí
pernoctaríamos donde se pudiera - al fin resultó ser la
casa parroquial - para salir en la mañana del domingo, cerro
arriba, por empinadas veredas, hasta llegar a la boca principal de las
imponentes grutas, "explorarlas", y retornar por la tarde
al pueblo para tomar el autobús de regreso a Mérida, distante
unos 100 kilómetros de buena carretera. El de los Aguiluchos
era mucho más elaborado: saldríamos desde el miércoles
por la noche, sin más equipo que el que pudiéramos cargar
durante la travesía. Para evitar el sofocante calor del día,
pese a que estábamos a mediados de Diciembre, acordamos caminar
sólo después de ponerse el Sol, aprovechando el fresco
nocturno, y descansar durante el día en algún poblado,
donde podríamos conseguir de comer y beber y, además,
explorar lugares que no conocíamos. (Así había
leído el cerebrito de la patrulla que se hacía en el desierto,
pues aunque Yucatán no es precisamente el Sahara, estábamos
ya en tiempo seco, y sus días soleados son muy calurosos, sus
noches frescas, y sus madrugadas, de un frío húmedo que
cala los huesos). La ruta sería el angosto y polvoriento camino
que, por aquellos tiempos, finales de 1949, discurría siguiendo
a trechos la línea del tren, uniendo las cabeceras municipales
de Kanasín, Acanceh, Tecoh, Ticul, Oxkutzcab, Tekax, Tzucacab
y Peto, en la larga ruta suroriental de los entonces Ferrocarriles Unidos
de Yucatán, únicos en la Península, que años
más tarde se fusionarían con los Ferrocales Nacionales
de México, al llegar a Yucatán el ya legendario Ferrocarril
del Sureste, en 1957, rompiendo el aislamiento terrestre que por siglos
separó a Yucatán del resto de la República Después
de una semana de febriles preparativos y largas discusiones para afinar
hasta el último detalle, al fin llegó el esperado día,
o mejor dicho, noche de la partida. Abordamos un autobús urbano
que nos dejaría en los límites de la ciudad, rumbo a Kanasín,
primera etapa de nuestro viaje. Los 4 aguiluchos que sobrevivimos al
riguroso escrutinio de nuestros padres y conseguimos el ansiado permiso,
inspeccionamos mutuamente nuestro recortadísimo equipaje e iniciamos
la primera jornada de nuestra Gran Aventura. Por increíble que
ahora nos parezca, no contábamos con un mapa de la ruta, ni teníamos
idea de los pueblos que serían nuestra referencia. Contábamos
en cambio con una gran confianza en nosotros mismos, un gran ingenio
que dejaría chiquito al legendario Ulises, y un optimismo a prueba
de crisis sexenales (aún no se inventaban). Al cabo, ¿no
éramos scouts y Aguilas del 2 ?. En caso de atorarnos, preguntaríamos,
o en todo caso, seguiríamos la vía del ferrocarril que
nos conduciría infaliblemente a nuestro destino, así que,
¿por qué preocuparnos por detalles sin importancia?. A
eso de las 11 de la noche, cruzamos un Kanasín desierto y en
tinieblas, ya que en esos tiempos sólo las poblaciones más
importantes, como las cabeceras municipales, contaban con plantas generadoras
de electricidad que daban servicio doméstico y alumbrado público,
hasta las 10 de la noche. Después de un mini-apagoncito de aviso
15 minutos antes, en que el parque y las calles se despejaban en un
dos por tres, todo el mundo se iba a su casa a hacer sus últimos
preparativos para dormir, a la luz de la vela o el quinqué de
petróleo. Atravesamos el poblado por el centro de la calle (por
si las dudas) y en medio de un impresionante silencio, roto solamente
por resonar de nuestra botas en la oscura calle y por el ladrido de
decenas de perros que nos acompañaba desde más de un kilómetro
antes y después de pasar por el poblado (según los lugareños,
pueden oler a los forasteros desde lejos). Al principio esto nos atemorizaba
un tanto, pero pronto nos acostumbramos a considerar este concierto
perruno como una bienvenida local. Continuamos la marcha, interrumpida
solamente por breves descansos para reacomodarnos la carga y echarnos
un trago de agua. Atravesamos un par de "haciendas", pequeños
poblados formados en torno a lo que fueran prósperas haciendas
henequeneras, de las que hoy sólo se conservan los vestigios,
más o menos conservados, de las construcciones principales: la
capilla, la sala de máquinas, donde se raspaban las pencas del
henequén para extraerles la fibra, y la "casa principal",
donde se alojaban los patrones y sus familias, generalmente residentes
en Mérida, cuando decidían visitar o vacacionar en sus
fincas. El cansancio se nos hacía cada vez mayor. La temperatura
había descendido sensiblemente y nos enfriaba las camisolas húmedas
de sudor. La creciente neblina nos calaba hasta los huesos y, contra
el sueño y la fatiga que nos exigían al menos un par de
horas de descanso, nos mantenía en marcha la necesidad de encontrar
un lugar resguardado de la intemperie para hacerlo. Ya podíamos
oír los consabidos ladridos que nos avisaban que estábamos
cuando más a un par de kilómetros del próximo poblado,
seguramente Acanceh, la cabecera municipal, donde podríamos dormir,
de perdido en el piso de los corredores del Palacio Municipal. Pero
el cuerpo ya no nos respondía. Los músculos de muslos
y pantorrillas nos dolían terriblemente, al igual que los de
los hombros, donde las correas de las mochilas se nos clavaban. Sentíamos
que no podíamos dar ni un paso más. Decidimos descansar
ahí mismo, pero ¿dónde?. En medio del camino, pedregoso
y cubierto con una fina capa de polvo fino como talco, aparte de incómodo,
podía resultar muy peligroso. Aunque en toda la noche no habíamos
visto un solo vehículo por aquellos solitarios caminos, transitables
tan sólo por camiones de carga, no descartábamos que al
amanecer algún camionero madrugador pudiera darnos un susto,
o peor aún, pasarnos encima. Desde rato antes habíamos
notado que la línea del ferrocarril se desviaba a la derecha
y se internaba en el monte, apartándose del camino, aunque el
terraplén, ya sin rieles, continuaba su trazo original a un lado
del camino. También habíamos observado en tramos anteriores
que el tren se apartaba del camino para más adelante reencontrarse
y continuar nuevamente por su lado derecho. Este providencial terraplén
sin vías, cubierto por algunos arbustos secos (estábamos
ya en plena época de secas), aunque a cielo abierto, nos ofrecía
la mejor y más segura opción para descansar. Nos deshicimos
de las mochilas y desempacando las cobijas, nos acostamos, nos envolvimos
hasta la cabeza con ellas, y un instante después caímos
en un profundo sueño. En un estado de total inconsciencia, perdimos
toda noción del tiempo y del lugar, por lo que no sé si
habían transcurrido 20 minutos o 2 horas, cuando comencé
a escuchar un ruido indefinible que a cada momento crecía en
intensidad. Saqué la cabeza de la cobija para oír mejor
y me vi envuelto en una espesa neblina que me impedía la visión
a una distancia mayor de los 30 o 40 metros, en tanto que aquel estrépito
infernal se acercaba segundo a segundo. Incorporándome a medias,
lo primero que vi fue una intensa luz, difusa por la espesa niebla,
que a dos y medio o tres metros de altura sobre el suelo se dirigía
directamente hacia mi, deslumbrándome. Apenas un segundo después,
apareció entre aquella bruma espectral un enorme monstruo metálico
que al fin pude discernir con la forma de una vieja locomotora de vapor,
que con un ruido ensordecedor se precipitaba sobre nosotros. Por una
fracción de segundo pensé que, imprudentemente, nos habíamos
acostado sobre la vía del tren y que aquella máquina infernal
estaba a punto de destrozarnos. De un salto me puse de pie, y antes
de hacer algún movimiento para intentar ponerme a salvo, aquella
horrible aparición dio un inesperado giro y, desviándose
de nosotros, se internó, como flotando a ras del suelo, entre
la brumosa espesura del monte. El horrible ruido que la acompañaba
decreció rápidamente y, pocos segundos después,
un sepulcral silencio nos envolvía. Sólo entonces me acordé
de mis compañeros, que habían quedado a mis espaldas,
y me los encontré inmóviles, como clavados en el piso,
pálidos como cadáveres y con los ojos desmesuradamente
abiertos. Apenas pudimos balbucear en voz baja un -¿viste eso?-,
a lo que todos asentimos en silencio. Sin decir palabra, recogimos nuestras
cosas y reemprendimos la marcha, con suficiente adrenalina en la sangre
como para olvidarnos del sueño, el hambre y el cansancio. A una
media hora de marcha, clareando ya el nuevo día, entramos al
pueblo de Acanceh, cabecera del municipio del mismo nombre. Poco antes
de llegar al parque central encontramos una tienda abierta, y sintiendo
ya el apremio del hambre, entramos a ver qué conseguíamos
para comer. Desayunamos, como después lo haríamos en los
días siguientes, con pan dulce y refresco embotellado. Confortados
por nuestro parco alimento, y ya de otro talante, nos decidimos al fin
a comentar nuestra reciente terrible experiencia, tratando de encontrarle
alguna explicación posible, sin llegar a ponernos de acuerdo.
Sentado en el extremo de la larga banca de tablón, sin respaldo,
infaltable en cualquier tienda de pueblo, donde estábamos "desayunando"
y haciendo conjeturas, se encontraba un anciano campesino maya, con
su indumentaria característica. Después de escucharnos
en silencio durante un largo rato, al fin se decidió a intervenir,
diciéndonos : -"niños, lo que ustedes vieron fue
un mal viento"- forma autóctona de decir que lo que habíamos
visto era un mal espíritu o una aparición. ¿Un
qué? preguntamos a coro -"eso mismo, un espanto"- nos
repitió, y no se mostró dispuesto a decirnos más.
Ante nuestro insistente acoso para que nos explicara la espeluznante
revelación que acababa de hacernos, y comprendiendo que ya no
lo dejaríamos en paz, al fin se decidió a hacernos la
narración que ahora vamos a contarles: "Hace muchos años,
siendo todavía un muchacho, ocurrió una terrible desgracia
aquí como a media legua del cabo de pueblo. Fue por estas fechas,
en que todavía se celebran en Peto las fiestas religiosas de
la Virgen de la Estrella, santa patrona de la villa, cuando un tren
cargado de peregrinos procedentes de Mérida y de los pueblos
de la ruta, se descarriló en la madrugada, poco antes de llegar
aquí a Acanceh. Hubieron muchos muertos, y los heridos daban
terribles alaridos entre los hierros retorcidos de los vagones. Aún
me acuerdo de un pobre hombre herido y con una pierna atrapada bajo
los restos de un vagón volteado que, incapaz de resistir más
el sufrimiento, pedía a gritos que lo salvaran o que le quitaran
la vida. Un campesino que pasaba por el lugar, seguramente en camino
a su milpa, al ver el sufrimiento de este hombre, sacó del sabucán
que portaba su afilada coa de trabajo, y sin decir palabra, de un solo
tajo le cercenó la pierna atrapada. El hombre dio un grito horrible
y se desmayó. Sin perder la calma, el improvisado cirujano, tomando
un pedazo de cuerda de henequén que hacía las veces de
correa de su sabucán, le amarró fuertemente el muñón
para evitar que se desangrara, y así le salvó la vida.
De este hombre de increíble sangre fría, nunca volvimos
a saber. El accidentado, vecino del pueblo, anduvo en muletas durante
muchos años, hasta que dejamos de verlo. Seguramente se murió
de viejo. A los muertos, que fueron muchos, los alinearon en el piso
de los corredores del Palacio Municipal para que sus deudos los identificaran
y se los fueran llevando. Los heridos fueron concentrados en la Sacristía
para recibir los primeros auxilios o los últimos sacramentos.
El tren de Peto se hizo conocido como "el tren de la muerte"
durante muchos años. Al principio, la gente, temerosa, evitaba
abordarlo, pero no habiendo otro medio de transporte, siguió
haciéndolo, y al correr del tiempo, se fue olvidando del maleficio.
Hoy en día, sólo la "gente antigua" del pueblo
se acuerda de esta desgracia, pero durante las festividades de la Virgen
de la Estrella, en Peto, nadie se arriesga a pasar de noche por el lugar
del accidente, ya que cuentan que cada año, por estas fechas,
vuelve a aparecerse el tren de la muerte y se oyen de nuevo los gritos
de agonía de sus víctimas. Niños, -nos aconsejó-
tengan mucho cuidado cuando salga de noche, ya que los caminos del Mayab
guardan muchos secretos que ustedes no conocen. Esta vez sólo
se llevaron un gran susto por estar en el lugar y la hora equivocados,
Fue mala suerte para ustedes, pero pudo haberles ido mucho peor".
Nuestro amigo, el anciano campesino ya no dijo más, y nosotros,
mudos de espanto, tampoco. Más tarde, esa misma mañana,
en improvisado consejo decidimos modificar radicalmente nuestros planes.
En primer lugar, no volveríamos a caminar de noche. Como el sol
y el calor eran insoportables, además de que estábamos
agotados por la caminata y las emociones de la víspera, tampoco
lo haríamos de día, por lo que el resto de la ruta lo
hicimos "de botada" en camiones de carga, o en autobuses destartalados,
por caminos intransitables. Nos encontramos con gente amabilísima
que, sin conocernos, a la sola vista de nuestros maltrechos uniformes
scouts nos invitaban a comer y a conocer sitios interesantes sólo
conocidos por los lugareños: cenotes, ruinas y grutas con vestigios
mayas, e incluso nos conseguían caballos para ir sin cansarnos
(bueno, esto es un decir, ya que con nuestra nula habilidad ecuestre,
pasábamos más tiempo debajo del caballo que encima de
él y de todos modos acabábamos molidos) pero nos divertimos
como enanos, y cada día fue de inesperadas e inolvidables aventuras.
En lo personal, fue la más grande aventura de mi ya larga vida
scout. Como lo habíamos programado, llegamos puntualmente a Oxkutzcab
el sábado por la mañana, algunas horas antes que nuestros
compañeros procedentes de Mérida, con quienes compartimos
al día siguiente una inolvidable visita a las bellas e imponentes
grutas de Loltún. Han pasado más de 50 años desde
los acontecimientos aquí narrados. Quienes los vivimos aún
sentimos un estremecimiento de terror al evocarlos, pero también
recordamos con nostalgia aquellos despreocupados años de hermandad
y aventura que pasamos en la Tropa. Algún día les contaremos
algo más sobre ellos, pero esa,..........bueno, esa ya es otra
historia.